sábado, 7 de mayo de 2016

Dale otra Oportunidad v. 2016


Dale otra oportunidad.
Autor : Graciela E. C. M. Chile 2016

La pesada  cortina empolvada con restos de tierra, de cemento y greda de antiguos adobes, develaba sobre el dintel blanco recientemente pintado, la figura obscura de la "octopies", Una araña leopardo. Como si se tratase de la apertura de una nueva escena en una gran obra de teatro, sus patas muy largas se recogieron esperando un fuerte zapatazo de parte de quien movió corrido esa cortina, la entrada a su campo de batallas diario, una pieza en reconstrucción  tras el último funeral de quien esperaba su final en el otrora hogar natal.


La hija del difunto, intentaba, sin recursos, reconstruir o mejor aún construir un espacio comunitario, una puerta nueva a otros que tenían menos que ella. Eran solo proyectos en su mente. Un día pensó en un futuro salón de eventos o exposiciones, otro en talleres o incluso en un pub o futuros lofts para gente con discapacidad, pero que deseara vivir independiente. Siguió con interés los sitios de derechos humanos en las redes sociales, algo relacionado con ello, pero todo se esfumaba, cuando sobre su cabeza caían los restos de madera carcomida por las termitas.


"Una araña ", a lo cual don Sergio respondió," hay que matarla", en tanto Marcela sin quitar la vista sobre tal insecto señalaba, "Es una Leopardo", "Se enfrentan a las de Rincón", a fin de cuentas era un ecosistema, ambos tipos de arañas mantenían a raya la sobrepoblación de termitas a lo que fuesen sus fuerzas, claro que nadie sabía de ese acuerdo entre telas.



En ese instante, su vieja amiga, la de rincón, decidió sobreponerse a su natural temor y salir desde una obscura esquina del cuarto para distraerles y así darle una chance a Leo para que se escondiese en algún mueble, actuales condominios de las termitas. Hasta jardines infantiles empotrados en la cuarta pata del sillón del 1900.
Marcela, de dos zancadas, alcanzó  a don Sergio y le señaló  la segunda araña, diciendo " Esta es de rincón", "Estas si son peligrosas", y don Sergio se bajó del montón de largas tablas apiladas, frente a la ventana, dañada por el último terremoto del 27 de febrero", diciendo "Mire la bandida, se escondió y no la pillé”.


Y ambos continuaron conversando sobre como reconstruir y por donde comenzar, a fin de cuentas ya tenía un radier, claro que para las arañas, era la autopista recientemente inagurada  por don Rata, y un sequito de respingonas pulgas de corbata. No estaban muy conformes las termitas, que temían ser reubicadas vía expropiaciones masivas. Un grupo de ellas optó por el camino de la fuerza, comenzado a colocarse alas para así alcanzar en las alturas unas jugosas vigas de madera seca, que les brindarían nuevas oportunidades de vida y proyección a sus descendientes, ya los escritos hablaban de que los dueños de esa casa, fallecían y prontamente aparecían sus hijos, manteniendo la misma casa de centenarios adobes.

Si bien la greda era fácil de perforar, la paja molida era desabrida, tantas lluvias habían quitado el fresco aroma del adobe nuevo.
La figura de Don Sergio, se veía tras el delgado vidrio de la ventana a la calle Tocornal, en el Cerro Barón. Ambas arañas, junto a la termita roja le miraban y debatían sobre el futuro de esta pieza tan acogedora desde hace unos meses. Los humanos se paseaban una vez cada dos semanas, incluso, toco un tiempo en que nadie entraba y la lluvia se escurría en el rincón esquinado, junto a la ventana delgada, las termitas más atrevidas, incluso se dejaban caer con la fuerza del agua de lluvia. En tanto, las telas de doña Leo evitaban que cayesen al duro suelo.

Don Rata también se veía menos y ni hablar de las pulgas respingonas, que estaban muy delgadas, claro, dependían mucho más de los humanos que ellas. La cocina ya no estaba tibia, y los víveres guardados eran escasos, el plástico impedía llegar a algún pan que pudiese haber sobrado.

Esa otra pieza, solo don Rata y las respingonas la visitaban por las noches, claro que muy a escondidas, pasando por espacios llenos de virutilla que les rasmillaban las
patas y la cola, e incluso atrapaba a más de alguna.

Solo pasaban de madrugada y a lo lejos. Los tiestos de plásticos eran mezquinos y no
soltaban las migas. Aunque tenían dudas. Según don Rata, el humano anciano  escondía galletas en algo que llamaban cajón. Doña Guillermina la fiel nana que lo atendía lo retaba y su hija cuando aparecía también lo hacía, pero él era como un niño
Viejo porfiado.


A Marcela le vieron mas seguido este último tiempo, no decía nada en idioma humano, solo miraba el cuarto de la autopista, los cuadros de sus antepasados vestidos a la antigua que aumentaban  día con día, en una pared semi-pintada  y luego se sentaba en el cuarto del humano viejo que ya no estaba.

Don Sergio seguió tirando esa tierra ploma sobre la vieja viga usada por la termitas, casi todas alcanzaron a huir, pues doña Leo, que ya se había salvado de otra antes, les dijo que así se construía la autopista, y esa tierra ploma se ponía dura como roca y no existía termita que pudiese perforarla.

Las termitas voladoras se encumbraron al atardecer, recibían las últimas indicaciones de como desprenderse de sus alas antes de penetrar la madera. Pero que allá afuera las arañas eran más primitivas, morían en sus duras batallas y se comían a las termitas cuando quedaban de infantes de marina.
Con suerte pasarían siete soles o siete lunas antes de que el techo de la pieza estuviese en riesgo de desaparecer, Marcela ya no solo miraba al entrar a la pieza, ahora sacaba junto a otros humanos las cosas nuevas que ella misma había colocado.

Pero don Rata se preguntaba, (¿desde cuando doña Leo se convirtió en oráculo de todos?, (¿cuando apareció en la casa?). Fué un 27 de febrero según las termitas del patio interior, junto a los verdes helechos y el gomero gigante del macetero roto.
Ese día, Marcela se encontraba durmiendo en la habitaci6n de la profesora que se fué y a la que ella le decía tía Silvia.
Todo se remeció y el suelo del patio rugió como un furioso dragón. Luna llena, tan grande como 4 soles juntos  y todo se alumbró bajo la luz que esta proyectaba, incluso la maceta de lengua de suegra, a la entrada del pasillo, junto a la mampara, antes de la tranca que cuidaba la puerta a la calle.

Solo alcanzó a llegar al patio y ahí Marcela cayó pesadamente al piso, se sostuvo por algunos  segundos en el aire, mientras el suelo bajo sus pies se ondulaba casi licuándose, a semejanza de olas en el mar. Algo extraño sucedió en el cielo, unos círculos la rodearon por unos segundos, y bajo sus pies salió corriendo dona Leo. El arácnido se refugió bajo el gomero, ahí le vieron por primera vez las termitas. Sus patas eran más brillantes, en su cabeza, más grande y redonda, se reflejaba la luna.

Don Rata, que era muy intruso, comenzó a preguntar a cada líder de pieza, en todas ellas, había estado dona Leo, extraño comportamiento nómada para un arácnido que tenía sustento asegurado en cualquier sitio de la vieja casa.

Nadie sabía dónde vivía doña Leo, de quien era familia, tal vez llegó en alguna de las maletas que trajo Marcela, a ella si la conocían de muy niña. Ella se encaramaba en los techos y evitaba pisarlas, salvo a las termitas que ahora las perseguía. Y era que no, las termitas nuevas se pasaron las por alto las normas de ingesta y debilitaron las vigas, los techos ahora se estaban cayendo.

Fue así como don Rata decidió poner vigilancia extrema sobre doña Leo. Un grupo de hormigas exploradoras que usaban lentes obscuros, instruidas para no ser vistas por los ocho ojos de doña Leo.
Las hormigas exploradoras comenzaron su rutina diaria por turnos, marcharon temprano a recibir las órdenes del día, la más fuerte era capaz de cargar dos granos de arroz de un  solo envión, la mas pequeña era la más rápida. Un domingo de verano al estar el Sol justo por encima del patio interior, el pequeño insecto, debía recorrer un gran tramo por sobre las gastadas canaletas, más bien bajo ellas pues solo a la sombra, sus pies no se ampollarían, doña Leo en tanto, esperaba la brisa suave de la tarde para volar en un hilo de seda entre las viejas maderas, Ori la hormiga más pequeña la vió subir al segundo piso y entrar por la ventana abierta, sería muy difícil alcanzarla, le pidió a la termita con alas que preparaba su vuelo de la tarde, que la acercase a esa ventana y subiendo a su lomo, se aferró muy fuerte y juntas alzaron el vuelo. Doña Leo estaba en una esquina de la gran pieza. En el cuarto, la figura de una anciana sobre la cama se imponía , una charola con restos de un almuerzo que parecía muy sabroso tapaba el estrecho velador. Estaba mirando el techo como si fuese un cuadro de esos de muchos colores, el reflejo del sol en un vaso de agua, proyectado desde un gran espejo del tocador, un arco iris que cambiaba de tonos, solo las ternitas  llegaron a estas fronteras, solo las voladoras y ella era una hormiga exploradora pero con una importante misión, seguir donde fuese a doña Leo.

Leo desplegaba nuevos hilos sobre finas telas y se veían atrapadas otras arañas, las de rincón. Si alguien pudiera deducir ese comportamiento, diría que quería evitar que picasen a la anciana o que construía un cerco, pero de esponjosas telas de araña.



La abuela sabía muchos secretos, uno de ellos era desalinizar el agua de mar, ya no lo hacía desde que Marcela había crecido y partido a la gran capital a buscar su destino según ella. Eso contaba la anciana abuela a sus amigas de muchas arrugas, durante las tardes de té y pan tostado en la cocina con puertas de tres metros, ahí también tenía una tela de araña doña Leo, la hormiga exploradora mas fortacha hasta ahí la había seguido y le aviso al resto de sus compañeras, que sería su zona de vigilancia, la hormiga fortacha ahora era casi obesa desde el inicio de esa actividad.

La anciana mujer nunca contaba detalles de cómo lograba obtener esa agua dulce desde el mar, era uno de los secretos que buscaba Leo. Buscar agua de mar en bidones, distribuirla en tambores, colocar al centro un vaso vacío y sobre cada envase colocar un plástico para condensar la evaporaci6n, esa era una forma simple pero solo alcanzaba para una familia, la abuela había optimizado ese proceso en velocidad y cantidad, pero ,¿cómo?.


En el futuro, el agua dulce era escasa,  los viajes en el tiempo eran una realidad, el hoyo negro sugerido y las coordenadas tiempo espacio que debía ocupar, eran las correctas, pero se había descubierto que no podía estar en el mismo sitio ocupando su pasado y futuro sin que una anomalía se produjese, la sobrepoblaci6n en el futuro era otro aspecto relevante, y fue entonces que decidieron ocupar para estos viajes en el tiempo el aspecto de insectos, ello permitiría masivos viajes al pasado para observar", solo que no debían ser descubiertos por el resto de los insectos del lugar, insertarse en ecosistemas con el peligro latente de ser atrapados o que un insecticida, tan populares en el siglo 21, los aniquilase al toparse con sus antepasados humanos, sin contar con el infaltable y temible zapatazo.

Leo sabía muy bien de eso, era al menos su decimoquinto viaje a esa época, mismas coordenadas, con la salvedad que, en esta oportunidad, Marcela intuía algo extraño.

Ese año 2011, era distinto, deja vú, en las habitaciones en las que dormía, veía resplandores en las murallas que desaparecían tan rápido como se iniciaban, luces que se encendían, cosas que aparecían en un lugar distinto del cual ella las dejaba y que continuamente se anticipaba a lo que oía, palabras que usaba antes de oírlas con diferencia de tan solo unos minutos, como si se tratase de una película repetida que conocía en detalle.

Y a no podía matar un insecto sin sentir que se trataba de un crimen, había religiones en ese siglo que mantenían un respeto a toda forma de vida muy similar a lo que ella pensaba, pero bajo dogmas de ancestrales creencias religiosas orientales.
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La sombra de la gran tormenta solar del siglo 21 se acercaba, sería el momento del inicio del fin de esa civilización, más bien, de sus cambios, ello unido a la baja de frecuencia de la tierra la que llevaría al hombre a perder la memoria, serían millones de libros en blanco.


Marcela inconscientemente lo presentía, algo había en ese terremoto del 27 de febrero que lo hacía diferente a muchos otros terremotos vividos en la misma casa de adobe.

Leo sabía que otros como ella, viajeros del futuro o cibernautas historiadores, los dos bandos estaban tras sus pasos, en cada nuevo ciclo de viaje su número aumentaba, como círculos en el agua al dejar caer una piedra, ella intuía que había incluido a dos de sus hijos y veía como ellos a su vez habían iniciado a otros tras su huella. Esta vez la decimoquinta del ciclo en el siglo 21 había dejado en corto tiempo muchas marcas de sus intervenciones,  los grandes precursores de los adelantos tecnológicos se habían retirado de la vida pública o habían fallecido. El seguimiento vía filamentos subcutáneos había comenzado por las mascotas de altos gobernantes del planeta, y ahora se hacían pruebas en los delincuentes.

Este viaje sería el último, debía intentar  cerrar el ciclo, el planeta tierra estaba en un loop, en 

emedio del hoyo negro en un gusano del tiempo, el tiempo estaba detenido.

O estaba hacia adelante, o ¿hacia atrás ?.


Tal vez no era dejar caer una piedra, tal vez era lanzar una piedra sobre el agua, a un ángulo de 20°, cada salto era el de una cuerda cerrada,  pero cada grupo de ondas en cada salto tendría una profundidad, un gusano en el universo en el cual podrían viajar Ella no lo había iniciado eso era una realidad era una más en el grupo de ondas, (¿pertenecía a un bando?, no).

Sabía que el agua era un problema por resolver en el futuro, y que de solucionarlo en el pasado no provocaría los viajes masivos en el tiempo, o al menos eso pensaba.

La señal de celular no entraba en la casa de adobe, solo fuera de ella podía usar el aparato telefónico. Silvia se había encargado de colocar mallas de metal que evitaban el ingreso de ondas en esas frecuencias, solo que ella uso ese material a sugerencia de don Sergio, para que el abobe quedase más firme, eso fué por el Terremóto del 85.

En cada viaje Leo tenía un secreto que resguardar y cautelar, incluso cuidar de algún familiar que intentaban eliminar, para que no hiciera lo que debía hacer, ellos morían cada vez más jóvenes, salvo la anciana de 94 años.


Claro, Leo, Marcela y la abuela eran la misma persona. En Universos Paralelos.






FIN

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