Lisonjera manseba,
encumbrada en las alturas
de sus tacos finos.
Hilando sus cortos pasos,
uniendo los extremos
de la calle de noche luna
de un mes de enero.
Un suspiro de distancia
la separaba del otro extremo
de la otra comuna.
Se estiraba, dilataba el encuentro
de sus tacones de fino cuero.
Se anularon las distancias
pero entre los dos cuerpos.
Garras de acero
prensaron sus brazos,
aves negras de filosos picos,
se hundían en su agitado cuello.
Los pergaminos caían
sobre cada pensamiento.
Y los tacos retumbaron en mi cerebro
carbonizando mi alma.
Nadie oía o veía, nos hacíamos los lesos.
Pensaba si sus derechos
serían los mismo nuestros.
Pensaba el es hoy,
mañana tal vez sea un viejo.
Mas la garra seguía
al lado del Mapocho
al de tacos blancos
al de cabellos largos y negros.
Sus viceras palidecieron,
vacías de sangre.
Sus pupilas tragaron
puentes enteros,
faltaron solo unos cuantos metros.
Es mi amigo, gritaban.
Las garras vacías del joven moreno.
Llenas de falanges retorcidas
apretando el vacío que dejó el cuerpo.
La noche muda
cubría con su manto de silencio muerto,
la cacería humana,
de la que era objeto.
Y los tacos retumbaron en mi cerebro
carbonizando mi alma.
Nadie oía o veía, nos hacíamos los lesos.
Pensaba si sus derechos
serían los mismo nuestros.
Pensaba el es hoy,
mañana tal vez sea un viejo.
Mas la garra seguía
al lado del Mapocho
ahora al de tacos negros
al de cabellos cortos y negros.
viernes, 12 de febrero de 2016
Sumergida
Reptando por las paredes
mis ansias carnales
perseguían las sombras de sus recuerdos.
Dedos fríos, no sinceros,
bocas abiertas,
abismos sin tiempo.
Escribanías nacaradas,
lágrimas de pesadas lámparas,
alumbrando pasados no recordados
anudaban destinos
entre cordeles y breteles
de finos razos negros.
La madera seca
chasqueaba entre el carbón rojo de pudor.
El calor abrazaba los cuerpos,
torzos desnudos, sudorosos, ardientes,
en agitada lucha de posesión,
lo tuyo , lo mio, lo nuestro.
Un solo aliento agónico,
era el faro luminoso,
del que ambos náufragos,
pretendían llegar.
Falanges entrelazadas,
conversaban en lenguas muertas,
olvidadas, en sinfonías disonantes
de 20 años de alejamiento.
El ropero vigilaba de cerca,
lo que el viejo camastro cantaba,
ritmo olvidado, pero aun entero.
Se oía al final un "te quiero".
mis ansias carnales
perseguían las sombras de sus recuerdos.
Dedos fríos, no sinceros,
bocas abiertas,
abismos sin tiempo.
Escribanías nacaradas,
lágrimas de pesadas lámparas,
alumbrando pasados no recordados
anudaban destinos
entre cordeles y breteles
de finos razos negros.
La madera seca
chasqueaba entre el carbón rojo de pudor.
El calor abrazaba los cuerpos,
torzos desnudos, sudorosos, ardientes,
en agitada lucha de posesión,
lo tuyo , lo mio, lo nuestro.
Un solo aliento agónico,
era el faro luminoso,
del que ambos náufragos,
pretendían llegar.
Falanges entrelazadas,
conversaban en lenguas muertas,
olvidadas, en sinfonías disonantes
de 20 años de alejamiento.
El ropero vigilaba de cerca,
lo que el viejo camastro cantaba,
ritmo olvidado, pero aun entero.
Se oía al final un "te quiero".
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