su mano, el ardor de sus labios encendidos
sus laberintos penetrados
la masculinidad de sus movimientos
sometiendo sus ansias
el fuego de sus vientres
no daban tregua ni respiro
el sudor cubría la piellos latidos se atropellaban
se fundían
una y otra y otra vez
libando sus mieles emergentes
fue de tal arrojo y fiereza
ese ultimo embate
que el catre cedió
y se vino abajo
Que coraje.
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